Biblioteca Popular José A. Guisasola


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Cuento» Marilin se ramifica, de Silvia Schujer

        «Marilin se ramifica». Cuento incluido en la antología Cuentos Argentinos. Antología para gente joven, Alfaguara, Buenos Aires, 1994. Colección Juvenil.


Marilin entra al negocio de ropa al mismo tiempo que la noche en la tarde.

Se dirige a la empleada que le ha salido al encuentro. Le pide un pantalón elastizado y da su talle.

La empleada entrega a Marilin la prenda. La invita de inmediato a trasladarse al probador.

Los probadores están al final del negocio. Son pequeñísimos cuartos separados entre sí por biombos y están distribuidos en dos hileras enfrentadas. Una hilera de probadores hacia la derecha. Otra, a la izquierda.

Cada probador tiene un puf donde apoyar los bártulos, un espejo grande en el frente, una cortina pesada y oscura que oficia de puerta.

Cuando una cortina está abierta, en general, el probador está desocupado.
Cuando dos probadores enfrentados están libres, los espejos se reflejan entre sí.

Marilin elige un probador desocupado de la derecha. Cierra la cortina y desaparece tras ella.

Con no poco trabajo por la escasez de espacio se quita la pollera que trae puesta y se calza los pantalones. El fácil deslizamiento del cierre corrobora el acierto en el cálculo del talle.

Primero se mira de frente. Evalúa si la reducción que se produce en el ancho de sus caderas justifica la compra. Acto seguido, el perfil.

Por último, de espaldas a su propia imagen y haciendo girar la cabeza hasta donde el cuello y los ojos acceden, se mira el reverso.

Marilin descorre la cortina y dando pasos hacia atrás se observa desde otra perspectiva. Se aleja, se acerca. Se agacha. Se vuele a parar.

En esto está, cuando una mujer que abandona el probador exactamente enfrentado al suyo deja abierta la cortina. Y es ahí cuando su imagen frente al espejo (la de Marilin) aparece seguida de una hilera de seres iguales a ella. Una fila infinita de ella misma que repite sus gestos y sus movimientos como si ensayaran una coreografía.

Marilin se entusiasma con la multiplicación de su persona.

Al compás de una música que recién ahora escucha, se pone a bailar. Fuera del probador, pero siempre frente al espejo, su cuerpo hace muecas y contorsiones que, alineados tras ella, otros cuerpos repiten a la perfección.

No puede sacarse la vista de encima.

Las empleadas la miran con indiferencia.

Por fin se acerca la que estaba atendiendo y le explica que van a cerrar.

Marilin decide la compra. Se queda con el vaquero elastizado. Entra al probador. Recoge su cartera y la pollera que traía puesta. En el espejo, infinitas Marilin recogen su cartera y la pollera que traían puesta.

Sale del probador en busca de la caja. Tras ella, infinitas Marilin salen del espejo y la siguen hacia la caja. La hilera es ordenada e interminable.

Marilin paga y con su mano derecha agarra la bolsa donde alguien ha guardado su pollera vieja. Tras ella, otra. Y otra tras la anterior. Las vendedoras despachan de prisa.

Sin darse vuelta, Marilin camina hacia la puerta de salida. La abre. Encara la calle y, a sus espaldas, una hilera de Marilin la encara también. Primero, sus cuerpos la siguen en fila. A las pocas cuadras, se desparraman entre la multitud. Algunas Marilin miran vidrieras, otras entran a la peluquería. Algunas trepan los colectivos, las más apuradas descienden por la escalera del subte. Hay una que se abraza con un hombre en una esquina.

Marilin llega a su casa. Es de noche y está cansada. Trabajó mucho ese día y también caminó.

Busca la llave en su cartera. Saluda al portero en el hall. Toma el ascensor. Baja en el quinto piso. Se detiene ante la letra B. Hace girar la llave. Por fin entra a su departamento y se saca los zapatos. Tira sobre un sillón la cartera y la bolsa donde han guardado su pollera vieja. Recuerda que tiene pantalones nuevos y se dirige al espejo del living. Se está mirando de frente cuando de pronto escucha que alguien abre la puerta de su departamento. Es ella que entra y se saca los zapatos. Enseguida se oye el ruido de una llave que se mete en su cerradura. Es ella que está abriendo la puerta. Al instante, se oye un ruido de pasos que viene por el pasillo desde el ascensor.

Son las cuatro de la mañana y Marilin no cabe en su propia cama.


FIN


En Cuentos Argentinos. Antología para gente joven,
Alfaguara, Buenos Aires, 1994.




Sinopsis: A cada uno de los autores aquí reunidos -exponentes indiscutibles de la mejor literatura argentina para niños y adultos- se le pidió un cuento que, por su temática o su tratamiento, estuviera dirigido a lectores jóvenes. El resultado es esta antología, integrada por quince relatos -en su mayoría inéditos- que abarcan todos los registros y enfoques de un género fascinante.
Del humor al terror, del realismo intimista a lo fantástico, estos cuentos escritos por argentinas y argentinos de hoy proponen el camino de la imaginación, el juego y la aventura. La meta de ese trayecto no es otra que descubrir o reafirmar el incomparable placer de la lectura.

Índice de contenidos de este libro

Prólogo……… Pág.7

Flores, Jorge Accame……… Pág.11
Una mujer alada, Adela Basch……… Pág.17
En puntas de pies, Elsa Bomemann……… Pág.23
Los tres apuntes de Tim, Oche Califa……… Pág.31
Una de terror, Pablo De Santis……… Pág.39
Mar de fondo, Laura Devetach……… Pág.47
Lo mejor que se tiene, Griselda Gambaro……… Pág.53
Las luces del puerto de Waalwijk vistas desde el otro lado del mar, Angélica Gorodischer……… Pág.65
Huérfano, Ricardo Mariño……… Pág.71
Huevo, Graciela Montes……… Pág.81
El diosito, Gustavo Roldán……… Pág.87
Marilin se ramifica, Silvia Schujer……… Pág.93
Princesa, mago, dragón y caballero, Ana María Shua……… Pág.99
Novios de madre, María Elena Walsh……… Pág.119
Ciencias naturales, Ema Wolf……… Pág.139
Noticia sobre autoras y autores……… Pág.151


Visto y leído en:
Sostener la lectura y la escritura
https://sites.google.com/site/sostenerlalecturaylaescritura/home/lecturas-literarias
Lengua 2 – modulo 2 - Programa de Educación a Distancia - Nivel Medio –Adultos (Pag.60/61)
http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL005053.pdf




        «Pajaritas». Cuento, incluido en la antología Nuevos cuentos argentinos. Antología para gente joven. Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2001. Colección Juvenil; Serie Roja).



Es una historia de unas pajaritas de papel que la mamá le había enseñado a hacer a Ema desde que era bebé y colgaba pajaritas de distintos colores sobre su cuna. Ella se dormía viéndolas mecerse con la brisa.

Rompió muchos papeles aprendiendo a hacerlas. Los arrugaba, los partía por la mitad. Su mamá, con mucha paciencia, le alcanzaba otra hoja. El papá llegaba del trabajo y se reía:

—Laura, tiene dos años, no puede hacerlas...

—¡Pero quiere! ¡Mirá!

Ema tomaba otra hoja y la daba vueltas y vueltas mientras hacía un gruñido, como si estuviera concentrada o enojada. El piso quedaba lleno de papeles rotos. A los tres años supo hacerlas y nunca dejó. En los cumpleaños la mamá aparecía con un bonete de mago, hecho de periódico.

—¡Atención, amable audiencia,
que mi arte exige ciencia!
Acomódense en la sala
que vendrán seres con alas.

Mostraba el sombrero vacío. Se lo ponía nuevamente, hacía un pase con las manos y decía:

—Siento plumas, siento vuelo:
¡Algo quiere irse al cielo!

Cuando se quitaba el bonete sacaba pajaritas de papeles de colores, una para cada invitado, hasta los grandes. Todas las habían hecho juntas.

En la escuela a Ema la conocían por sus pajaritas. Las podía hacer grandes o pequeñas. Movían las alas.

Cuando tenía once años llegó un chico nuevo al grado, Ema se enamoró desde que lo vio. Martín era hijo de inmigrantes búlgaros, no hablaba español. Pasó el día con cara de asustado y sonrió por primera vez cuando Ema le regaló una pajarita.

A los demás chicos les daba lo mismo que Martín entendiera o no. Iban hasta su pupitre y le hablaban entusiasmados, lo invitaban a esto y a lo otro. Martín los escuchaba sonriendo, cada tanto asentía con la cabeza. Nadie sabía cómo hacer, no era como si hubiera sido italiano o francés que, al menos con una palabra o dos, o buscando en cualquier diccionario, se podía invitar a jugar o pedir un pedazo de sándwich. Pero, ¿búlgaro? No había un solo diccionario en toda la ciudad.

Para hacer pajaritas no hace falta hablar español, ni siquiera abrir la boca. Ema le enseñó y, por raro que parezca, ése era el único momento en que Martín se soltaba a hablar. Ema le decía:

—No entiendo, no sé qué me decís.

Pero a Martín no le importaba, él tenía ganas de hablar y no iba a dejar de hacerlo porque ella no supiera búlgaro. Martín era la persona más parlanchina que había conocido en su vida; pero sólo lo mostraba cuando estaba con ella, doblando papel. Con los demás chicos se entendía con unas pocas palabras, o por señas y empujones.

Era realmente guapo y, a medida que pasaron los días, Ema se enamoró más y más. Empezó a escribir su nombre en las hojas, luego las doblaba de tal manera que el “Martín” quedaba adentro de la pajarita y nadie se enteraba.

Pajaritas llenas de Martín. Igual que Ema.

Una tarde apareció una señora alta y rubia, que la maestra presentó:

—Niños, ésta es Sofía, la mamá de Martín.

La señora, inclinó la cabeza con elegancia.

—El padres de Martín se encuentra trabajo en otras país y hoy nos despedimos... Martín me pidió que quería decirles que nunca se olvidará de ustedes todos. Que fueron muy buenos, que él y nosotros los llevamos en el corazón (y apoyó su mano en el pecho)... para siempre.

Inclinó nuevamente su cabeza, sonrió. Martín miraba a Ema. Todos se quedaron duros por la sorpresa. Se hizo un silencio incómodo que rompió uno de los que jugaba al fútbol con él. Se adelantó y le dio un abrazo. Otro lo siguió y se fueron acercando poco a poco, todos a darle un abrazo de despedida. Ema tenía los ojos húmedos, cuando fue su turno sentía un nudo y ganas de pedirle que no se fuera. Pero sólo se inclinó hacia él que la rodeó con sus brazos. Ella también lo abrazó y cerró los ojos.

La mamá anotó la nueva dirección en la pizarra, todos la copiaron. Pero ¿qué escribirle si casi ni entendía español? Las primeras veces le mandó una pajarita en el sobre, hasta que empezó a recibir postales con millones de errores de ortografía, pero no más que los de cualquier compañero del salón de Ema.

Pero esa tarde, en la que Martín se despidió, fue la más triste de la vida para Ema. No encontraban cómo consolarla. Cuando las lágrimas se cansaron, la mamá tomó un papel rojo y uno azul e hizo una pajarita de dos papeles y de dos colores. Ema sonrió.

—¿Cómo la hiciste? —preguntó.

—Te voy a contar algo...

Ema se acomodó.

—A mí me pasó algo muy parecido... una vez llegó un chico nuevo, guapo. Era de acá, sólo que iba a otra escuela y lo habían echado... era la tercera escuela de la que lo echaban, un desastre. Para colmo ni bien llegó, en vez de ser tímido como tu Martín, hacía bromas, llamaba la atención... imaginate, los demás varones lo odiaron de entrada... y varias chicas también.

—¿Por qué?

—... (Laura levantó los hombros) a mí no me importaba que se creyera tanto… lo hacía para defenderse porque no conocía a nadie.

—¿Y vos cómo sabías?

—(la mamá dudó un instante) ... porque si no me hubiera acercado jamás se habría atrevido a besarme.

— ¿Vos le diste el primer beso?

—Ahá... mirá, algo que nunca te había contado, él fue quien me enseñó a hacer las pajaritas.

—¡...! ¿¡De verdad?!

—Te lo juro. Así fue que se acercó... no, mentira, también fui yo, con la excusa de verlo hacer pajaritas. Es que, cuando lo descubrí doblando papel, sentí que no era tan canchero como se mostraba, eso era pura cáscara. Y no me equivoqué, se ponía nervioso cuando me acercaba.

—(Ema sonrió) ¿Nunca había besado a nadie?

—Él decía que sí, pero nunca le creí... fue mi primer novio en serio, en serio. Era muy dulce.

—¿Y qué pasó?

—¡UHF...! Era un loco de la guerra, no podía estar quieto, quería irse a estudiar a otro país... nada, se fue a Francia con dos pesos y no pudo volver por años. Lo extrañé horrores, cuando regresó ya cada uno tenía su vida por otra parte.


Después de esa conversación pasaron unos años. En la escuela comenzó un curso de teatro, Ema se anotó. El teatro era como las pajaritas, que dejó como se dejan las muñecas. Ahora ella misma, con su cuerpo, se doblaba como el papel de entonces. Y al Martín que sus pajaritas llevaban escondido, lo reemplazó un Leonardo, que ella empezó a llevar adentro, en otros pliegues que tenemos.


Cierto día la mamá le pidió que la acompañara a donar unos libros para la biblioteca del Hospital Infantil. Ema protestó porque se le hacía una salida aburrida; pero accedió.

Cuando ya se iban, después de entregar los libros, a Ema le llamó la atención un grupo de tres médicos que venían con sus delantales blancos. Uno traía nariz de payaso.

—¡No puede ser! —exclamó la mamá.

—¡Laura! —dijo el de la nariz de payaso, mientras se la quitaba. Los médicos también se detuvieron pero él les ofreció que siguieran y los alcanzaría enseguida.

—¿¡Qué hacés, loco!? ¿Estás de médico, ahora?

—¡No, jamás! Nos hacen poner estos delantales a nosotros también.

—Mirá, ella es Ema, mi hija.

El médico, payaso o lo que fuera, soltó un ¡huáu!, se inclinó y la saludó con un beso.

—Qué hermosa. Mucho gusto, mademoiselle.

Hizo una reverencia en broma. Ema le sonrió como si espantara una mosca. Él dijo que lo esperaban en el cuarto de un niño y contó de un grupo de payasos en hospitales que conoció, que él no era de ellos, pero le gustó la idea. La invitó a un café, se dieron los teléfonos y salió poco menos que corriendo.

—Au revoire, mademoiselle!

Le dijo a Ema, que preguntó:

—¿Quién era ése?

Laura sonrió.

—¿Ése? es el que me enseñó a hacer las pajaritas.

A Ema casi se le cayó la mandíbula al piso de la sorpresa. Se dio vuelta, pero ya no lo alcanzó a ver. Al llegar a casa se produjo una pequeña revolución. Ema vio que su papá hacía como que gruñía y sonreía al mismo tiempo, igual que los perros. Medio en broma, medio en serio. Pero la mamá lo abrazó y al otro día se fue a tomar un café y charlar con su amigo, Rafa. Cuando regresó Ema le hizo mil preguntas, y ella le dijo que se habían contado cómo había sido la vida de cada uno.

Dos días después el profesor de teatro les preguntó si conocían al grupo de “Payasos en hospitales”, todos negaron, Ema se quedó dura. Les explicó qué hacían y preguntó quienes querían acompañarlos en una ronda. Sólo cinco levantaron la mano. Ema entre ellos.


A la mañana siguiente, cuando llegaron al hospital, se encontraron con cuatro payasos conversando con los médicos. Tenían la bata blanca, los pantalones y las camisas eran normales, algunos zapatillas de colores, otros zapatos. Tenían una peluca y la boca pintada. Rafa sólo llevaba la nariz roja de plástico.

Ema y Leonardo fueron con Rafa. Comenzaron el recorrido. Primero la sala de espera, espantosamente gris. Aunque la limpiaran bien no dejaba de parecer sucia. Rafa cruzó delante de todos y simuló que tropezaba, unos niños sonrieron, y empezó a llamar la atención con unos movimientos graciosos. Parecía que quería disculpase, pero sólo provocaba más lío. Los papás y los chicos se reían, se habían olvidado del hospital.

Siguieron en la sala de diálisis donde encontraron a un niño. El médico sonrió aliviado al ver que llegaba Rafa. El niño dejó de quejarse, pues no conocía a esos tres extraños. El doctor se lo presentó. Rafa, con mucha naturalidad le preguntó:

—No podés mover los brazos, ¿no?

El niño hizo que no con la cabeza.

—¿Y hacer esto?
E hizo unas muecas con los ojos y la nariz. El niño sonrió y lo imitó. Rafa hizo otros gestos, y el niño también. Puso los ojos bizcos, el niño se rió y respondió poniendo un solo ojo bizco.

Rafa disimuló:

—Bueno, claro, este... yo lo sé hacer, pero veamos si al doctor se lo enseñaron en la Universidad.

Con un movimiento rápido le puso la nariz de payaso al médico. La enfermera se tapó la risa con la mano. El doctor empezó a poner los ojos bizcos, contento de ver que el niño se reía. Rafa saludó y siguieron a otra sala. En ésta había una sola niña con su mamá. Estaba muy delgada, casi no tenía pelo, recostada sobre dos almohadas y su mamá le sostenía la mano. Cuando entraron la señora se incorporó, cedió su silla, como hace la gente humilde cuando entra alguien importante (hay quien se siente tan humilde que cualquiera es más importante, y la señora cedía su silla). Rafa no la aceptó, tampoco hizo bromas. Se quitó la nariz, la guardó en un bolsillo, se sentó en el borde de la cama, con cuidado. Hizo señas para que Ema y Leonardo ocuparan otras sillas.

—Hola, Tere, ¿querés que me quede o estás cansada?

La niña apenas levantó los hombros.

—Mm... ¿querés que te lea una historia?

Asintió con un dedo.

Rafa buscó en su bolso, sacó un libro. Se tomó su tiempo para hojearlo pacientemente, hasta que eligió.

—Une histoire d’amour, mademoiselle?

Tere asintió, Rafa comenzó a leer y nadie se olvidó del hospital ni del típico color crema de las paredes, ni de la hora, ni de nada; pero pudieron respirar el aire del cuento. Cuando acabó de leer, en vez de irse enseguida, se quedó conversando con Tere y su mamá, del tiempo, de cosas que habían oído en la radio. Después saludó con un beso en la mejilla y partieron los tres.

Aunque sospechaba la respuesta, Ema preguntó por qué Tere estaba en un cuarto sola. Rafa le confirmó que padecía una enfermedad terminal.

Entraron al cuarto de un niño pequeño, era sordo, y estaba con una pierna enyesada. Rafa le sacó la lengua, se acercó y, en una rutina que ya debían haber hecho otras veces, tomó la mano del niño, la apoyó en su garganta y empezó a hacer unos ruidos. El niño sabía hablar con las manos; pero Rafa no y le hablaba mirándolo a los ojos y vocalizando un poco más lento.

Fueron a la cafetería del hospital. Se sentaron en una mesa libre. Leonardo preguntó dónde quedaba el baño, se fue.

—Así que vos sos la hija de Laura (comentó Rafa mientras revolvía el azúcar).

—¿Cómo era mi mamá cuando era tu novia?

—¡ ... ! ¿¡Cómo!? (Desconcertado).

—Sí, que cómo era mi mamá cuando vos eras su novio.

—Ema, qué pregunta para la cafetería de un hospital... un martes.

Ella sonreía con suavidad, sin dejar de mirar a Rafa, que ahora soplaba. No era una pregunta cómoda. Sorbió un poco de café, para darse tiempo y contestó:

—Como vos, pero no en la cara... (Hizo un gesto con la mano) en la manera de pararse.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Así, cómo te parás, en tu ritmo al caminar... así era ella, suave... yo siempre iba atropellado, ella siempre tranquila. Yo como si tuviera que llegar a otra parte, ella como si ya hubiera llegado.

Se hizo un breve silencio.

—¿Estás casado?

Rafa soltó una carcajada.

—¡Bueno! No habrá descanso, ¿verdad?

—Si no querés no contestes.

—Sí, sólo que me causa gracia... a ver, creo que no estoy “casado” o, bueno, lo voy a saber cuando entre a mi casa... si todavía está ahí.

—¿Cómo se llama?

—Martine.

—¿Por qué trabajás de esto?

—No es mi trabajo, estoy de vacaciones... doy clases en una escuela de mimo.

E hizo un gesto como si fuera a hacer “la pared” que hacen los mimos que piden en la calle.

—¿Dónde?

—En París.

—¿Y por qué venís a hacer esto?

—Porque tengo insomnio.

—En serio.

—(se rió) De verdad (señaló la taza) demasiado café... ahora me toca a mí, ¿Leonardo es tu novio?

—Me gusta, y él también de mí, pero es muy tímido y no se anima.

—Conozco eso (Rafa, sonriendo).

—Sí, mi mamá me contó.

Rafa abrió los ojos, sorprendido, pero en ese momento regresó Leonardo y la conversación se interrumpió. Continuaron con la última visita. Llegaron al cuarto de un niño que tenía conectadas varias sondas, con sueros, apenas podía mover las manos. Rafa hizo un movimiento pero Ema lo interrumpió:

—¿Puedo yo?

Rafa hizo una reverencia:

—Avec plaisir, mademoiselle.

Ema le pidió la nariz, se la colocó, tomó una hoja de papel, la plegó hasta terminar una pajarita. Rafa sonreía sabiendo de dónde venía eso. Ema agradeció los aplausos de la mamá del niño y de la enfermera con una reverencia. Pidió otro papel, se acercó a la cama y se colocó de tal manera que, con una mano de ella y guiando una mano del niño, plegaron el papel entre los dos, hasta terminar otra pajarita. El niño se la ofreció a Rafa.

—Para que te acompañe en el viaje.

—¿Te vas? —preguntó Ema y él le dijo que hoy se terminaban sus vacaciones, mañana debía regresar a París. Le pidió la nariz, salió de la habitación y entró imitando a la enfermera. Todos reconocieron los gestos que Rafa exageraba, ella se reía y asentía.

Saludaron y caminaron hasta la entrada del hospital donde esperaba el profesor de teatro. Rafa, como una broma, le preguntó en voz baja:

—¿Qué vas a ser cuando seas grande?

—Me gusta el teatro —contestó ella, simulando un secreto también.

—Está bien... es un lindo oficio.

El profesor los llamó, Rafa repitió su reverencia:

—Fue un gran placer, mademoiselle.

Ema respondió inclinándose como en las películas, tomó un vestido imaginario, apenas dobló sus rodillas, inclinó su cabeza.

Se despidieron con un beso. Regresaron a la escuela con su grupo. Antes de doblar la esquina se dieron vuelta y Rafa levantó la pajarita que Ema había hecho con el niño y le hizo mover las alas, como si volara de Leonardo a Ema. Los dos sonrieron y Leonardo le guiñó un ojo, como diciendo “Sí, ya sé”.

Era el mediodía, el cielo estaba azul, intenso. Los árboles dejaban caer sus hojas y algunas personas las barrían para hacer montones y quemarlas. Cada año ése era el profundo y fresco olor del otoño.


FIN

Texto © 2005 Luis Pescetti. Imagen © 2005 Gerardo Baró.
Permitida la reproducción no comercial, para uso personal y/o fines educativos.
Prohibida la reproducción para otros fines sin consentimiento escrito de los autores.
Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria y EducaRed.
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/Pescetti-Pajaritas.pdf



Nuevos cuentos argentinos. Antología para gente joven.
Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara juvenil, 2001.

"Una antología con quince maravillosos cuentos escogidos especialmente para esta edición, en los que predominan el crudo realismo social, la fantasía más desbordante y la búsqueda de la identidad. ¿Puede un alumno transformarse en lobo? ¿Es posible aprobar los exámenes gracias al amor? ¿Cómo enfrentarse al pasado y a los orígenes de uno mismo? ¿Qué imágenes se suceden en la mente de un joven soldado en plena Guerra de Malvinas? Un panorama de la mejor narrativa actual escrita para jóvenes. (Contratapa)

Índice:
7… No es culpa suya. Jorge Accame
13… Sofía, el pastor y el lobo. Marcelo Birmajer
27… La historia. Leopoldo Brizuela
45… La muerte del cartero. Graciela Beatriz Cabal
55… Ronda nocturna. Jorge Consiglio
67… La jaula del dragón. Pablo De Santis
75… Dark. Griselda Gálmez
83… El potro negro. Lucía Laragione 97… Pajaritas. Luis María Pescetti
115… La composición. Silvia Schujer
123… Fiestita con animación. Ana María Shua
129… El regreso. Fernando Sorrentino
141… Ahora que nada parece haber cambiado. Perla Suez
149… No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja. Esteban Valentino
161… La bruja. Ema Wolf



ALEJANDRO DOLINA


(Trabajo realizado por Manuel Mandeb por encargo de la agencia de publicidad Vivencia.)


1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda.

3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades.

4) Los vendedores de elixir nos convidan todos los días a olvidar las penas y mantener jubiloso el ánimo. El Pensamiento Oficial del Mundo ha decidido que una persona alegre es preferible a una triste.

5) La medicina aconseja cosmovisiones optimistas por creerlas más saludables. Al parecer, la verdad perjudica la función hepática.

6) Viene gente. Siga la línea de puntos en la dirección indicada por la flecha.

7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal.

8) Conversar acerca de estos asuntos es considerado de la peor educación. Los comerciantes se escandalizan, las personas optimistas huyen despavoridas, los maximalistas declaran que la angustia ante la muerte es un entretenimiento burgués y los escritores comprometidos gritan que la preocupación metafísica es literatura de evasión. Al respecto, mientras le recomiendo que no deje el paquete de jabón al alcance de los niños, le juro que todo lo que se escribe es de evasión, menos la metafísica: las noticias políticas, los libros de sociología, los horarios del ferrocarril, los estudios sobre las reservas de petróleo, no hacen más que apartarnos del tema central, que es la muerte.

9) Calcule 100 gr. de jabón por cada kilo de ropa sucia.

10) Cuánto más inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza. Por eso, las exhortaciones a la alegría suelen proponer la interrupción del pensamiento: "es mejor no pensar..." Casi todos los aparatos y artificios que el hombre ha inventado para producir alegría suspenden toda reflexión: la pirotecnia, la música bailable, las cantinas de la Boca, el metegol, los concursos de la televisión, las kermeses.

11) Separe la ropa blanca de la ropa de color. Y entienda que la tristeza tiene más fuerza que la alegría: un hombre recibe dos noticias, una buena y una mala. Supongamos que ha acertado en la quiniela y que ha muerto su hermana. Si el hombre no es un canalla, prevalecerá la tristeza. El premio no lo consolará de la desgracia. Byron decía que el recuerdo de una dicha pasada es triste, mientras que el recuerdo de un pesar sigue siendo pesaroso.

12) No mezcle este jabón con otros productos y no haga caso de los sofistas risueños. Tarde o temprano alguien le dirá: "Si un problema tiene solución, no vale la pena preocuparse. Y si no la tiene, ¿qué se gana con la preocupación?" Confunde esta gente las arduas cuestiones de la vida con las palabras cruzadas. La soledad, la angustia, el desencuentro y la injusticia no son problemas sino tragedias, y no es que uno se preocupe sino que se desespera.

Lloraba Solón la muerte de su hijo.
Un amigo se le acerca y le dice:
—¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?
—Por eso —contestó Solón— porque sé que es inútil.

13) No está tan mal ser triste, señora. El que se entristece se humilla, se rebaja, abandona el orgullo. Quien está triste se ensimisma, piensa. La tristeza es hija y madre de la meditación. Participe del concurso "Vacaciones Sunlight" enviando este cupón por correo.

14) Ahora que se fue el jabonero, aprovecharé para confesarle que suelo elegir a mis amigos entre la gente triste. Y no vaya a creer el ama de casa Sunlight que nuestras reuniones consisten en charlas lacrimógenas. Nada de eso: concurrimos a bailongos atorrantes, amanecemos en lugares desconocidos, cantamos canciones puercas, nos enamoramos de mujeres desvergonzadas que revolean el escote y hacemos sonar los timbres de las casas para luego darnos a la fuga. Los muchachos tristes nos reímos mucho, le aseguro. Pero eso sí: a veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa "atención, muchachos, que no me he olvidado de nada".


NOTA: Las instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight fueron rechazadas.


Visto y leído en:
El Libro del Fantasma, Edit. de Bolsillo



Sitio Oficial: ALEJANDRO DOLINA
http://alejandrodolina.com.ar/index.html




Por Edgardo Alberto Huberman (El Huber)

—¿Cómo caí en esto? Mis viejos me matan —pensó mientras escondía en su campera la “prueba del delito” que, sabía, lo iba a poner en problemas.

Lo llamaron a comer y tenía esa sensación clara de que todos lo miraban. Y sabían. Esas miradas y la falta de acusación directa le enardecían la culpa que le quemaba por dentro.

¿Por qué no le preguntan directamente? ¿Qué pasa? Seguramente los padres iban a esperar a terminar la cena familiar que, como todas las noches, sería frente al televisor. Sabía que en algún momento lo iban a sentar y entre preguntas, acusaciones, llantos y frases del estilo “¿por qué nos hiciste esto?” iban a conseguir que reconozca la verdad y acepte “retomar la senda correcta”.

Tantos sueños, tantas esperanzas puestas en él... y nada. Todo se iba por la borda. Arruinando por un momento de debilidad las ilusiones de sus padres, que tanto se habían esforzado por "formarlo correctamente".

Lo peor es que él no veía que el tema fuera tan complicado. Después de todo, era su voluntad y no dañaba a nadie. A nadie salvo a él mismo. Pero, como seguramente le dirían sus padres, eso afecta a la familia.
No sólo el dolor por lo que había hecho, está el tema de la vergüenza social. ¿Cómo iban a soportar las miradas reprobatorias de amigos y vecinos? Porque ya se sabe como son estas cosas. Incluso quienes se acercan al principio para darte apoyo, en algún momento comienzan a alejarse. Como si fuera contagioso.

¿Y sus hermanos? Ellos estaban, como siempre mirando el reality de turno, que nadie se podía perder (aunque en realidad cada momento destacable se repetía hasta el cansancio en todos los programas, era imposible perderse algo). Y él estaba a punto de destrozarlos. Apenas se supiera, iban a ser “los hermanos de…” como si ellos mismos hubieran sucumbido a tan deleznable tentación.

No podía comer. Ni siquiera escuchaba las voces alegres pasatistas que, como todos los días a toda hora y en cada casa resonaban, desde el televisor. Pero esperó. Decidió que les iba a ahorrar a sus hermanos menores la escena con sus padres.

Cuando llegó el momento, se plantó frente al televisor. Y ante la sorpresa (y un poco de molestia por tapar la pantalla) de sus padres, tomó aire y lo dijo. Claro, directamente y sin ambages mientras se los mostraba, para que no queden dudas: “Mamá, Papá: no pude resistirlo. Espero que me entiendan Fue más fuerte que yo y no lo supe manejar: estoy leyendo un libro.”



FIN


Derechos Registrados por: Edgardo Alberto Huberman (El Huber)
http://pensandofuerteyclaro.blogspot.com/2010/02/una-triste-historia.html


Imagen: Ángel Anadon
http://ilustraciones-angel.blogspot.com/


Colaboración de Edgardo Alberto Huberman (El Huber), para bibliopeque 2010


¡¡Gracias, Edgardo!!



  Por Edgardo Alberto Huberman (El Huber)

R. Isaías Covam se sobresaltó. Era la primera vez que veía algo así. Extremando precauciones, pasó la mano por encima de ese artefacto y notó algo distinto. Le gustaría decir que “sintió” algo distinto, pero prefería atenerse a la exactitud de las palabras.

Nunca había visto algo similar, no estaba preparado para analizarlo y mucho menos entenderlo. Su cabeza intentó ponerle nombre pero sólo resonaba la palabra “anacrónico”.

Volvió a intentarlo. Se acercó, estiró la mano con cuidado, acercándola mientras se concentraba en lo que pudiera ocurrir. Todo lo demás desapareció, el foco estaba en ese elemento desconocido. Y volvió a pasar. Tal cual. ¿Qué era eso? ¿Por qué pasaba lo que pasaba? Miró alrededor y trató de encontrar quién le hacía semejante broma. Nadie. De todos modos, ¿quién hubiera podido intentar bromear con él? El sentido del humor no era uno de sus fuertes, de hecho pese a haberlo intentado, nunca podía asimilar los principios básicos del humor. Mucho menos del sarcasmo. Era casi una broma obligada: si Isaías no lo entiende, seguro que es sarcasmo. De todos modos, eso jamás lo afectó.

Pero esto era diferente. Significativamente diferente. Trató de entender, de manera empírica y recurriendo a lo que ya sabía, cómo manejar (¡y manejarse!) con semejante artefacto. ¿Habría dónde encenderlo? ¿Sería seguro hacerlo, desconociendo las consecuencias? Y fue esta misma pregunta la que le dio parte de las respuestas. Precisamente si no fuese seguro, era él quien debía asumir el riesgo. Así estaba determinado desde… ¿desde cuándo? Ni él sabía. Pero poco importaba en ese momento.

La decisión estaba tomada y él, con una resignación propia de quién afronta lo inevitable con la convicción de hacer lo correcto, tomó el objeto de sospecha y arriesgó todo por descifrar el enigma. Vio la tapa, raída y desgastada sin nada que identifique lo que encontraría adentro y en una acción inmediata que pareció durar horas, la abrió.

Nada.

No pasó nada. Ya era demasiado extraño encontrar el objeto. Aún más extraño abrirlo y que no haya ninguna reacción. Fue ahí, en ese preciso instante, que descubrió la trampa. Sus ojos hicieron contacto con las palabras escritas en ese material delgado y desconocido y ya no pudo parar. Las palabras se sucedían con una velocidad vertiginosa mientras él grababa cada una de ellas y se iba metiendo dentro del texto, sintiéndose parte de la historia. Jamás había tenido un libro en la mano y esto lo hacía más apasionante, si podemos hablar de pasión en alguien como R. Isaías Covam.

Capítulo tras capítulo se involucró en la historia, se vio a sí mismo en el cuerpo del protagonista, entendió sus motivos, sus deseos y sus contradicciones. No podía evitar la identificación. Los unía mucho más que algunas hojas, tinta y una sucesión de palabras hilvanadas. Había una conexión directa entre ambos: él, Isaías, también era un robot. Era la primera vez que leía la historia de otro robot. Estaba seguro, incluso, que él era el primer robot que hubiera alguna vez leído un libro. Por lo menos en su generación, muy lejana a la era de los libros impresos.

Cerca del final, Isaías entendió la constante dicotomía del lector apasionado: por un lado desea conocer el desenlace de la historia y por otro no quiere que se acabe la magia de la lectura, ese camino por el que el autor lo va llevando. Un viaje de mutuas convenciones: el autor, mintiendo una "historia real" y el lector haciendo de cuenta que le cree.

Pero llegó la última página. Una profunda y extraña sensación lo envolvió y, contra todo pronóstico y toda lógica, lloró. Lloró por el final de Andrew Martin, lloró por la emoción recién conocida de la lectura y porque en ese “Hombre Bicentenario” se reconoció a sí mismo, a sus deseos más profundo y ocultos y porque le pareció que, desde la contratapa, la foto de ese hombre canoso y sonriente llamado Isaac Asimov, le hacía un guiño de complicidad como si entre ellos hubiera más que una sincronía anagramática.



FIN

Derechos Registrados por Edgardo Alberto Huberman (El Huber)
http://pensandofuerteyclaro.blogspot.com.ar/2010/04/descubrimiento-inesperado.html
Algunos datos: Isaac Asimov (1920-1992) fue uno de los autores más prolíficos de la historia, abordando temas desde Ciencia Ficción hasta divulgación científica, pasando por novelas policiales e investigación histórica. En sus relatos y libros de robots presentó la idea de las 3 leyes de la robótica El texto de referencia “El Hombre Bicentenario”, es un clásico que llegó incluso al cine con Robin Williams como Andrew Martin. Toda la saga de la Fundación está íntimamente ligada a los robots, clave para la historia que se relata.
Mi propio "viaje de ida" comenzó leyendo un cuento llamado “La última pregunta” y, desde ese momento no hubo retorno. Soy un fanático lector de Asimov.


Pintura de Isaac Asimov: Rowena Morrill
http://www.rowenaart.com/

Colaboración de Edgardo Alberto Huberman (El Huber), para bibliopeque 2010


¡¡Gracias, Edgardo!!




Escrito por Pierre Gripari en:
"Los cuentos de la calle Broca" ("Les Contes de la Rue Broca")

Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho, que era el señor, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la señora, se llamaba Tina.

Vivían en una bonita caja de cartón donde estaban envueltos en papel de seda. Eran muy felices y esperaban que aquella felicidad durara para siempre.

Pero he aquí que, una mañana, una vendedora los sacó de su caja para probárselos a una dama. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos, y después, viendo que le quedaban bien, exclamó:

–Los compro.

–¿Hace falta que se los envuelva? –preguntó la vendedora.

–No, no hace falta –dijo la mujer–. Me los llevo puestos.

Pagó y salió con los zapatos nuevos.

Fue así que Nicolás y Tina caminaron todo el día sin poder verse uno a otro. Solo en la noche volvieron a encontrarse dentro de un oscuro clóset.

–¿Eres tú, Tina?

–Sí, soy yo, Nicolás.

–¡Qué felicidad! ¡Te creía perdida!

–Yo también. Pero ¿dónde estabas?

–¿Yo? En el pie derecho.

–Pues yo estaba en el pie izquierdo.

–Ya lo comprendo todo –dijo Nicolás–. Cada vez que tú estabas delante, yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba delante. Por eso fue que no pudimos vernos.

–¿Y eso va a ser así todos los días? –preguntó Tina.

–¡Me temo que sí!

–¡Pero eso es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido Nicolás! No me podré acostumbrar jamás.

–Escucha –dijo Nicolás–, tengo una idea. Puesto que yo estoy siempre a la derecha y tú siempre a la izquierda, para no sentirnos solos, cada vez que yo avance al mismo tiempo te daré un golpecito. Así nos saludaremos. ¿De acuerdo?

–¡De acuerdo!

Eso hizo Nicolás, de manera que a lo largo del siguiente día, la dueña de los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho fuera a enredarse con el izquierdo, y ¡plaf!, cada vez la señora caía despatarrada al suelo.

Muy inquieta, ella fue ese mismo día a consultar un médico.

–Doctor, no sé qué es lo que tengo, ¡Me pongo zancadillas a mí misma!

–¿Zancadillas a usted misma?

–¡Sí, doctor! Casi a cada paso que doy, mi pie derecho se enreda en el izquierdo, y eso me hace tropezar.

–¡Muy grave! Si el problema continúa, será necesario cortarle el pie derecho. Tenga esta receta. Las medicinas le costarán diez mil francos. Deme a mí dos mil por la consulta y vuelva a verme mañana.

Esa misma tarde, en el clóset, Tina le preguntó a Nicolás:

–¿Oíste lo que dijo el doctor?

–Sí, lo oí.

–¡Es horrible! Si le cortaran el pie derecho a la señora, ella te botará y estaremos separados para siempre.

–¡Hay que hacer algo!

–Sí, pero ¿qué?

–Tengo una idea. Mañana seré yo la que dará un golpecito para saludarte cada vez que avance. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

Así lo hizo Tina, de tal modo que a lo largo de ese segundo día fue el pie izquierdo el que se enredó con el derecho y, ¡plaff! la pobre dama volvía a verse en el suelo. Más y más inquieta, ella regresó donde el médico:

–¡Esto va de mal en peor! –le contó–. ¡Ahora es mi pie izquierdo el que se enreda con el derecho!

–El caso se pone cada vez más grave –comentó el doctor–. Si continúa así, tendremos que cortarle los dos pies. ¡Tome! Tenga esta receta por veinte mil francos de medicinas. Déme tres mil por la consulta y, sobre todo, no olvide volver mañana.

Esa noche, Nicolás preguntó a Tina:

–¿Oíste?

–Sí.

–Si le cortaran los dos pies, ¿qué será de nosotros?

–¡Ni me atrevo a pensarlo!

–¡Y, sin embargo, yo te amo Tina!

–¡Yo también, Nicolás! ¡Te amo mucho!

–¡No quisiera separarme jamás de ti!

–¡Yo tampoco!

Así hablaba el par de zapatos en la oscuridad, sin darse cuenta de que la dama que los había comprado se paseaba en pantuflas por el corredor, pues las palabras del médico no la dejaban dormir. Al pasar frente a la puerta del clóset, ella había escuchado la conversación y, como era muy inteligente, lo comprendió todo.

"¡Ah, era eso!", pensó la señora. "No es que yo esté enferma, sino que mis zapatos se aman. ¡Ay, qué tierno!".

Enseguida tiró al basurero los treinta mil francos de medicamentos que había comprado, y a la mañana siguiente le dijo a su sirvienta:

–¿Usted ve este par de zapatos? No me los pondré nunca más, pero los quiero conservar de todas maneras. Así que me los lustra bien, los cepilla para que estén brillantes y, sobre todo, ¡no los separe jamás el uno del otro!

Cuando se quedó sola la criada pensó: "La señora está loca. ¿A quién se le ocurre guardar un par de zapatos si no van a usarse? Dentro de unos quince días, cuando se haya olvidado de ellos, me los robaré".

Quince días más tarde, se los robó y se los puso. Pero cuando los tuvo en los pies, también ella empezó a ponerse zancadillas. Una noche cuando bajaba la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina quisieron abrazarse y ¡TRAZ!, ¡PLAF!, ¡BUNG!, la criada cayó sentada sobre un escalón, con la cabeza llena de desperdicios y una cáscara de papa que le colgaba en espiral como un bucle sobre la frente.

"Estos zapatos están embrujados", pensó. "¡No me los pondré más! Se los voy a regalar a mi sobrina, que es coja".

Y así lo hizo. La sobrina se pasaba casi todo el tiempo sentada en una silla, con los pies muy juntos, y cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan despacio que no se podía poner zancadillas. Los zapatos estaban dichosos porque ahora sí pasaban juntos todo el día.

La felicidad duró largo tiempo. Pero desafortunadamente, su nueva dueña gastaba más un zapato que otro al caminar.

Una noche, Tina le dijo a Nicolás:

–Querido, siento que mi suela se está poniendo fina, fina, fina. Pronto estará llena de huecos como un colador.

–¡No, por favor! Si eso sucediera, nos botaría y quedaríamos separados.

–Lo sé bien –respondió Tina–, ¿qué quieres que haga? No puedo evitar envejecer.

Tal y como lo pensaba, ocho días después en su suela apareció un agujero.

La sobrina de la sirvienta compró zapatos nuevos y decidió botar a Tina y a Nicolás.

–¿Qué será de nosotros? –preguntó Nicolás.

–No sé –dijo Tina–. ¡Si al menos pudiera estar segura de que nunca me separaré de ti!

–Acércate –dijo Nicolás– y amarra tu cordón al mío.

Así nunca nos podrán separar.

Eso hicieron y juntos fueron a dar al tanque de la basura, juntos fueron transportados por un camión y juntos terminaron abandonados en un terreno baldío. Allí permanecieron unidos hasta que, un día, un niño y una niña los descubrieron.

–¡Hum! ¡Mira! ¡Dos zapatos! ¡Y van tomados del brazo!

–Es que están casados –dijo la niña.

–Bueno –exclamó el chiquillo–, pues si están casados, deben hacer su viaje de novios.

El niño tomó los zapatos y los clavó sobre una tabla, uno al lado del otro. Después llevó la madera hasta la orilla de un arroyuelo y la puso a flotar en el agua, corriente abajo, hacia el mar.

Mientras la tabla se alejaba, la niña movía su pañuelo gritando:

–¡Adiós, zapatos, y buen viaje!

Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada más de su existencia, tuvieron, de todas maneras, un bello viaje de novios.


Fin




Imagen: Carolina Bernal
http://carolitabernal.blogspot.com.ar/

Tomada de: Secretos para contar - Cuentos y pasatiempos - Capítulo1: La pareja (parte1)
http://www.secretosparacontar.org/Lectores/Loslibros/Cuentosypasatiempos.aspx

Los cuentos de la calle Broca ("Les Contes de la Rue Broca") es una antología de cuentos de hadas escrito por Pierre Gripari e ilustrado por Claude Lapointe, publicado por Editions de la Table ronde en 1967 y luego publicado en Grasset-Jeunesse.
El libro está compuesto de trece historias, cada una de ellas comienza en la calle Broca (en París) en la tienda de Said, cuyos hijos juegan en la tienda y conversan con el Sr. Pierre, un cliente fiel que conoce decenas de historias.

Visto y leído en: Fundación Cuatrogatos
http://www.cuatrogatos.org/


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Pierre Gripari

Nacido en París en 1925 y fallecido en la misma ciudad el 23 de diciembre de 1990, Pierre Gripari es un escritor francés. De padre griego y madre normanda. Publica por primera vez Pierrot la Lune en 1963. Cuatro años después, en 1967, aparecen sus Contes de la rue Broca, traducidos pronto a diversas lenguas y que le señalan como uno de los mejores autores de literatura infantil.

Fue un prolífico autor que supo recuperar y actualizar la tradición oral en sus cuentos atrevidos y llenos de encanto. El extraordinario éxito con que es acogida su Pierrot la Lune hace justicia a un gran escritor que, antes de conmover a los adultos, supo primero hablar a los niños.



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Video: El par de zapatos - Los cuentos de la Calle Broca - audio latino




En 1995, Les contes de la rue Broca , tuvieron una adaptación animada dirigida por Gilles Gay, la cual fue doblada en México y emitida por el canal Once TV. 26 episodios de 13 min cada uno basados en estas historias e inspirados en las ilustraciones originales de Claude Lapointe.

Ver más videos en:
http://loscuentosdelacallebroca.blogspot.com.ar/






HISTORIA DE VAMPIROS
De: Preguntas al azar (1986)
La nariz contra el vidrio

Era un vampiro que sorbía agua
por las noches y por las madrugadas
al mediodía y en la cena.

Era abstemio de sangre
y por eso el bochorno
de los otros vampiros
y de las vampiresas.

Contra viento y marea se propuso
fundar una bandada
de vampiros anónimos,
hizo campaña bajo la menguante,
bajo la llena y la creciente
sus modestas pancartas proclamaban,
vampiros beban agua
la sangre trae cáncer.

Es claro los quirópteros
reunidos en su ágora de sombras
opinaron que eso era inaudito,
aquel loco aquel alucinado
podía convencer a los vampiros flojos,
esos que liban boldo tras la sangre.

De modo que una noche
con nubes de tormenta,
cinco vampiros fuertes
sedientos de hematíes, plaquetas, leucocitos,
rodearon al chiflado, al insurrecto,
y acabaron con él y su imprudencia.

Cuando por fin la luna
pudo asomarse
vio allá abajo
el pobre cuerpo del vampiro anónimo,
con cinco heridas que manaban,
formando un gran charco de agua,
lo que no pudo ver la luna
fue que los cinco ejecutores
se refugiaban en un árbol
y a su pesar reconocían
que aquello no sabía mal.

Desde esa noche que fue histórica
ni los vampiros, ni las vampiresas,
chupan más sangre,
resolvieron
por unanimidad pasarse al agua.

Como suele ocurrir en estos casos
el singular vampiro anónimo
es venerado como un mártir.


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Visto en: Poesi.as
http://www.poesi.as/mb86b04005.htm



Imagen: ©RÚBEL MUJICA (Caricaturas en Píxels)
Mario Benedetti, para el concurso de Caricaturama Showdown 3000!
http://caricapixels.blogspot.com.ar/2012/02/de-nuevo-los-concursos.html

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HISTORIA DE FANTASMAS
De: La vida ese paréntesis (1997)
El Faro y otras Sombras

Los dos fantasmas, uno azul y otro blanco, se encontraron frente a la caverna consabida. Se saludaron en silencio y avanzaron un buen trecho, sin pisarse las sábanas, cada uno sumido en sus cavilaciones. Era una noche neblinosa, no se distinguían árboles y muros, pero allá arriba, muy arriba estaba la luna.

—Es curioso —dijo de pronto el fantasma blanco—, es curioso cómo el cuerpo ya no se acuerda de uno. Por suerte, porque cuando uno se acordaba era para que sufriésemos.

—¿Sufriste mucho? —preguntó el fantasma azul.

—Bastante. Hasta que lo perdí de vista, mi cuerpo tenía quemaduras de cigarrillos en la espalda, le faltaban tres dientes que le habían sido arrancados sin anestesia, no se había olvidado de cuando le metían la cabeza en una pileta de orina y excremento, y sobre todo se miraba de vez en cuando sus testículos achicharrados.

—Oh —fue la única sílaba que pronunció o pensó o suspiró el fantasma azul.

—¿Y vos? —preguntó a su vez el otro— ¿También tu cuerpo te transmitía sufrimientos?

—No tanto mi cuerpo, sino el de los otros.

—¿De otros? ¿Acaso eras médico?

—No precisamente. Yo era el verdugo.

El fantasma blanco recordó que allá arriba, muy arriba, allá estaba la luna. La miró sólo porque tenía necesidad de encandilarse. Pero la luna no es el sol.

Con una punta de su sábana impoluta se limpió la brizna de odio. Luego se alejó, flotando, blanquísimo en la niebla protectora, en busca de algún dios o de la nada.


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Visto en: La página de los cuentos
http://www.loscuentos.net/cuentos/other/2/26/179/






Cuento: A IMAGEN Y SEMEJANZA

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía.

Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara.

De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor.

Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada.

La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó.

Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo.

Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga.

Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito.

La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad.

La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero.

Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad.

Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga.

El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.



FIN

©Mario Benedetti, “A imagen y semejanza”,
en La muerte y otras sorpresas. - Editorial: Alfaguara.



Imagen: Tomi Müller
http://eltomimuller.blogspot.com.ar/2009/05/mario-benedetti.html

Visto y leído en Ciudad Seva.


Cuento: EL OTRO YO

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.


FIN

©Mario Benedetti, “El otro yo”,
en La muerte y otras sorpresas. - Editorial: Alfaguara.



Diecinueve cuentos impregnados de las sorprendentes atmósferas que envuelven la vida cotidiana.
En La muerte y otras sorpresas, Mario Benedetti continúa su personal indagación sobre los grandes temas que afectan íntimamente al grupo humano más numeroso y literariamente desatendido: la clase media que puebla las grandes y pequeñas ciudades del mundo.
La soledad, las dificultades de comunicación y convivencia, la conciencia de la muerte, los deterioros causados por el paso del tiempo, son algunos de los temas incluidos en estos diecinueve relatos impregnados de esas sorprendentes atmósferas que inesperadamente envuelven la vida cotidiana.


Contiene:

-A imagen y semejanza
-Acaso irreparable
-Cinco años de vida
-Datos para el viudo
-El altillo
-El cambiazo
-El fin de la disnea
-El Otro Yo
-Ganas de embromar
-La expresión
-La muerte
-La noche de los feos
-Los bomberos
-Mis Amnesia
-Musak
-Para objetos solamente
-Péndulo
-Réquiem con tostadas
-Todos los días son domingo





Autor Anónimo. (Traducción de Máximo Damián Morales)

Había una vez un joven matrimonio muy feliz. El hombre se llamaba José y la mujer tenía por nombre Alba. Los dos eran personas muy trabajadoras y gozaban de muy buena salud.

El marido trabajaba como empleado en una tienda de telas, cuyo dueño le había tomado mucho cariño. De a poco había ido ganándose su afecto y respeto hasta convertirse en el encargado general, y aspiraba a que, algún día, cuando el dueño falleciera, le legara la tienda, ya que este no tenía hijos.

La mujer era fuerte y de penetrante mirada, su cabello tenía unos pocos rizos colorados y su nariz estaba moteada por algunas pecas. Trabajaba todo el día en la casa, limpiando, dándole de comer a los animales y cuidando la pequeña huerta.
Aún no tenían hijos pero deseaban tenerlos.

Todos los lunes, cuando el marido se preparaba para ir a trabajar, ella le pedía dinero para comprar una nueva escoba. José no podía entender cómo hacía para gastar una escoba por semana.

—¿Pero qué es lo que haces con las escobas, mujer?

—Querido esposo —respondía ella con su más dulce voz—, entra mucho polvillo, barro y hojas de afuera, y sabes que yo soy muy limpia. Es mi deseo que nuestro hogar sea un lugar libre de suciedad. Además, dime: ¿en qué clase de casa te gustaría que criara a tus hijos?

El marido no tenía ganas de discutir por una escoba, así es que le dejó una moneda más sobre la mesa y partió a su trabajo.

Todos los lunes José le dejaba dinero para que su esposa comprara una escoba nueva y hasta un par de veces, llevado por la curiosidad, él mismo revisó la usada antes de arrojarla al fogón como leña. Todas se encontraban en un estado deplorable, algunas estaban tan gastadas que casi no les quedaba paja.

Un domingo en la misa, José quedó impresionado por el sermón que dio el sacerdote. Habló de brujería y de los poderes oscuros que el Diablo utilizaba para atraer a sus víctimas y conseguir adeptos que dañaran, por medio de hechizos terribles, a los pobres y fieles cristianos.

—La mujer —decía el cura con el dedo índice levantado como dando una sentencia— es especialmente débil frente a las artimañas del Diablo. Recuerden que fue una mujer, Eva, la que mordió la manzana y se la ofreció a Adán y por ese motivo fueron expulsados del Paraíso, que Dios había hecho para ellos, para que vivieran en la total y absoluta felicidad.

La gente asentía los dictámenes del sacerdote y guardaban el más inquebrantable silencio, prestando especial atención a sus palabras. Muchas de las personas de ese pueblo, por primera vez, estaban oyendo un sermón interesante, algo que verdaderamente valía la pena escuchar.

—Hacer brujería es lo mismo que hacer un pacto con el Demonio —continuaba el sacerdote—. Hay que prestar atención a las pequeñas pruebas, los detalles que nos demuestran, con la luz de la verdad, que la oscuridad mora entre nosotros.

Toda la gente del pueblo regresó a sus casas con las palabras del cura en su memoria; el miedo atenazaba sus almas y las dudas mortificaban su mente.

A la mañana siguiente, José se preparó para ir a trabajar. Desayunó con su esposa y luego, antes de marcharse, ella le dijo:

—Déjame una moneda para una escoba nueva.

José se estremeció porque sintió que en esas palabras resonaba la voz del Diablo. ¿Sería su mujer una bruja? ¿Qué clase de brujerías haría con las escobas que él le pagaba? Cuando llegó a ese pensamiento, su corazón dio un vuelco: ¿el también sería atrapado por las garras del Demonio por contribuir a los hechizos con escobas que él mismo compraba?

La mujer había dejado sus tareas y lo miraba fijamente. ¿Podría leerle el pensamiento? ¿Era su mujer o el Demonio quien lo estaba mirando de esa forma?

—Aquí tienes, mujer, una moneda ganada con el sudor de mi frente como Dios manda.

Alba, sorprendida, tomó la moneda y luego sonrió.

—Que te vaya bien, querido.

El día de trabajo fue terrible, y José calculó mal varias veces la longitud que debía cortar y desperdició varios metros de preciosa tela. Las cuentas no le salían, la tijera no cortaba, le dolía la cabeza y no podía pensar en otra cosa que no fuera su mujer, el Diablo y las escobas. Caminó lentamente de regreso a su casa, fue rezando y tratando de tranquilizarse.

—Tal vez —se decía a sí mismo— yo estoy asustado y mi pobre mujer no es más que una trabajadora de Dios que cumple con la tarea de mantener limpio el hogar.

Pero decidió que, a partir de ese momento, le prestaría atención al estado de las escobas.

Su mujer lo esperaba con una suculenta cena caliente, y a pesar de que José desconfió en un primer momento, comió toda la comida que le sirvió. Ella se fue a acostar y, antes de hacerlo él, buscó la escoba y la encontró casi como nueva.
Suspiró y se fue a dormir.

A la mañana siguiente se levantó y fue a verificar cómo estaba la escoba: se encontraba en el mismo estado y lugar en que la había visto a la noche.

Más tranquilo, desayunó con su amada y partió al trabajo.

La jornada resultó buena y José regresó a su casa como siempre. Cenó con su esposa, quien le dijo que estaba cansada, y le propuso irse a dormir más temprano.
José también sentía sueño, pero antes de acompañarla fue a ver la escoba: se encontraba en el mismo estado que el día anterior. Regresó con su mujer, se sumergió entre las mantas y se durmió inmediatamente.

A la mañana siguiente se levantó, desayunó y estaba por irse a trabajar cuando vio que la escoba, apoyada contra el umbral de la puerta que daba hacia la calle, estaba casi deshecha, como si alguien la hubiera usado toda la noche.

Su corazón dio un vuelco. Miró a su mujer y, aún poniéndose el chaleco, partió rápidamente sin saludar.

—¡No puede ser! —se quejaba mientras caminaba hacia la tienda—. ¡Mi mujer no puede ser una bruja!

Otra vez volvió a tener un mal día de trabajo: la gente que entraba en la tienda se iba sin comprar y los géneros que cortaba siempre eran demasiado cortos o demasiado largos.

Regresó a su casa con el semblante serio, pensando que no se dejaría engañar por las argucias del Diablo. Decidió que, a partir de ese momento, no comería nada de lo que ella le preparara.

Alba notó el cambio de actitud de su marido: él casi no le hablaba, no comía y, a la noche, se levantaba a cada rato.

José se levantaba todas las noches para verificar el estado de la escoba, que se encontraba igual de estropeada que la última vez que la había visto. También espiaba a su esposa y la observaba dormir.

La falta de buena comida y de sueño lo estaban mortificando demasiado, no era lo habitual para alguien que llevaba una vida cómoda. Iba a desistir de sus espiadas nocturnas, hasta que llegó la noche del viernes.

José luchaba interiormente para mantenerse despierto pero aparentando que dormía. Como si se tratara de un juego, acompasó su respiración e, incluso, emitió algunos ronquidos.

De pronto, su mujer se volvió en la cama y lo observó detenidamente. José la podía ver entre las pestañas de los párpados que mantenía casi cerrados.

La mujer se levantó suavemente, casi sin mover la cama. Entornó la puerta y caminó hasta la cocina sin encender ninguna luz. José, a su vez, se levantó despacio y, sin hacer ruido, se acercó a la rendija para espiarla.

Vio que su mujer se quitaba toda la ropa, quedándose completamente desnuda.
El reflejo de la luna brillaba sobre su cuerpo pecaminoso. Nunca la había visto así, tan radiante, tan libre, tan atractiva y tan... ¡desnuda!

La lujuria se apoderó de su alma, la pasión le golpeaba cada centímetro de su cuerpo, pero rezó a Dios para que le alejara esas sensaciones lujuriosas.

Mientras luchaba con sus emociones, seguía espiando. Ahora su mujer tomaba un frasco con un líquido espeso de color verdoso, y metiendo dos dedos dentro de él, comenzaba a untarse todo el cuerpo.

Sentimientos encontrados de odio, miedo, pasión y vergüenza se sucedían en el interior del alma de José. ¿Qué debía hacer?

Finalmente decidió esperar y ver lo que hacía su esposa.

Alba tapó el frasco y lo guardó cuidadosamente en el armario, luego caminó hasta el umbral de la puerta donde estaba apoyada su escoba, la puso entre sus piernas y flexionando las rodillas se sentó sobre ella. Mencionó unas palabras mágicas, se elevó en el aire y desapareció por la chimenea.

José estaba atónito, su cuerpo temblaba. Rápidamente se calzó los zapatos y salió corriendo en busca del sacerdote.

Al llegar a la parroquia golpeó desesperadamente las puertas.

El cura le abrió y le preguntó:

—¿Qué sucede, José?

—Algo terrible, he visto algo terrible, padre.

El sacerdote lo hizo pasar y, luego de sentarlo y ofrecerle un vaso de agua, por fin, José le contó todo lo que había visto.

El cura lo miró con semblante serio y finalmente habló:

—Pues, por lo que me dices, tu mujer es una bruja, hizo un pacto con el Diablo y deberá pagar las consecuencias. Has hecho bien en venir y contarme, así estarás libre de pecado y expiarás tus culpas.

José estaba destruido y se aferraba con ambas manos su cabeza desgreñada.

El cura lo tomó de un hombro y le dijo:

—No te preocupes, hijo, has hecho lo correcto.

El sacerdote mandó a su ayudante a buscar a los guardias que llegaron pronto.

—Rápido, debemos hacerlo rápido antes de que se dé cuenta la bruja —dijo.

Los hombres partieron en la noche, armados con espadas, dagas y antorchas. El sacerdote iba a la cabeza con un ejemplar de las Sagradas Escrituras.

Llegaron a la casa de José y sorprendieron a la mujer en la cama.

—No nos engañas, Diablo —dijo el cura sarcásticamente.

Alba se despertó sobresaltada, parecía no saber lo que ocurría.

—¿José? ¿Eres tú? ¿Qué pasa? ¿Qué hacen todos estos guardias en nuestra casa?

—No es tu casa —respondió rápidamente el sacerdote—, el Diablo no tiene cabida en este lugar.

—¡Pero yo soy su mujer!

—¡No, eres una bruja! —repuso el cura con énfasis.

Los guardias la destaparon y la arrancaron de la cama, luego, le amarraron las manos a la espalda.

—¡Córtenle el cabello para que no pueda hacer su magia demoníaca! —ordenó el hombre del clero.

Uno de los guardias sacó una daga y comenzó a cortar tanto pelo como piel de la cabeza de la mujer, que se debatía con todas sus fuerzas.

—Arrojen su escoba del demonio al fuego, ¡que arda ahora como ella arderá en un futuro cercano!

Los guardias tomaron la escoba desgarbada y la arrojaron al fuego con temor.

—¡José! —gritaba Alba—, ¡ayúdame por favor!

—Te vi volar —dijo José, casi como en un susurro.

Ella cerró los ojos y bajó la cabeza, presa del mayor dolor: su esposo la había denunciado.

El juicio fue rápido, varios testigos aseveraron haberla visto cruzar el cielo montada en su escoba y algunos más aseguraron haber sido víctimas de maleficios que ella misma había elaborado.

La quemaron en la plaza pública, frente a los ojos de cientos de personas que concurrieron al macabro espectáculo. Todos los hombres, mujeres y niños del pueblo contemplaron la ejecución de la bruja llamada Alba. Todos menos su marido, José, que a partir de ese día ya no volvió a sentir alegría y, poco a poco, se fue sumergiendo en una angustia cada vez más profunda hasta que murió. Algunos dicen que murió de pena, debido a su remordimiento por lo que había hecho, pero muchos más dicen que murió hechizado por el último deseo de la bruja llamada Alba, la mujer que gastaba las escobas.


Cuentos de brujas. Relatos mágicos medievales
Selección y traducción de Máximo Damián Morales.
Ilustraciones de Fernando Molinari.
Buenos Aires, Ediciones Continente, 2003.
Colección Mitos, cuentos y leyendas.
http://www.fernandomolinari.com.ar/galerias/seresmagicos/brujas.html



La colección Mitos, cuentos y leyendas de Ediciones Continente,
cuenta con un buen número de títulos referidos a duendes, hadas
y otras criaturas mágicas de la mitología celta.

Visto y leído en: EDAIC Varela
(Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2013/05/pl-6to-ano-de-primaria-1ero-es-serie.html
Reseña del libro, por Marcela Carranza

La dedicatoria de Cuentos de brujas marca un rumbo respecto a la mirada que se tiene de este personaje en el libro. La misma señala: "Este libro está dedicado a todas aquellas brujas, brujos e inocentes que tuvieron —y tienen— que soportar las crueles atrocidades de la gente supuestamente normal."

En la introducción el autor nos explica el origen histórico del preconcepto más habitual acerca de las brujas: "una mujer fea, vieja y repugnante, que viste de negro o con harapos. Tiene largas uñas sucias en sus dedos también largos y nudosos. Su piel es repulsiva, posee lunares o verrugas. Vuela en una escoba. Revuelve asquerosos brebajes en calderos de hierro. Anda en la noche y la acompaña una lechuza o un gato negro. Es una discípula del mismo Diablo". Este concepto, señala el autor, que ha prevalecido en Occidente y ha llegado hasta nuestros días, nos ha sido legado por la Edad Media, y más puntualmente por la Inquisición. Sin embargo, nos advierte el prólogo, las brujas son anteriores a esta época y su origen, ligado a la magia, se remonta a los grupos humanos más antiguos en los cuales una mujer u hombre mantenía la comunicación con los dioses, realizaba prodigios y curaba las enfermedades de su gente.

Los relatos que integran este libro ofrecen un amplio espectro de brujas. Encontramos declaraciones de brujos condenados y ejecutados en la hoguera por la Inquisición en la Francia de 1599 ("La confesión del brujo de Lignón", "La confesión del brujo Nicolás Robin", "Los tres brujos"), en los que la voz del condenado narra su iniciación en los aquelarres y pactos con el diablo.

"La mujer que gastaba las escobas" es un relato que nos ofrece una visión de la bruja próxima al lugar de la víctima de la intolerancia, el miedo y el fanatismo. En esta historia la bruja es delatada por su propio marido; y éste, según nos informa el narrador, se debate entre sus terrores, creencias, y el amor por su mujer. El final: la condena de la bruja en la hoguera y la próxima muerte de su esposo, aparentemente embargado de remordimiento y tristeza, acentúa esta ambivalencia. En otras historias, como en "La bruja caníbal", el cruento final no deja lugar a dudas acerca de la naturaleza maligna de su protagonista. También en "La temible bruja del bosque" el final no tiene concesiones para el lector, si bien aquí, como sucede en muchos relatos tradicionales, parece existir un mensaje admonitorio. Algo similar a lo que sucede en "La vieja del árbol", relato en el cual la necedad del orgulloso es castigada por un ser protector de la Naturaleza. En "El anillo de la bruja" nos encontramos con un clásico cuento maravilloso, cuyo origen, según señala la introducción, es tan antiguo que se desconoce su procedencia. Aquí, la belleza y bondad de una joven humilde es recompensada en el final feliz junto al príncipe encantado a quien la joven presta ayuda. Otras historias tienen por protagonistas a brujas sabias, conocedoras de la Naturaleza y sus poderes mágicos y de curación. Brujas benefactoras que curan a los enfermos o traen niños al mundo, pero que no siempre reciben el agradecimiento de sus pacientes. Este es el caso de "El favor de la curandera", la historia de una joven viuda que utilizaba sus dones de herbolaria, denunciada y finalmente condenada por el tribunal inquisitorial.

Viejas historias recopiladas por reconocidos autores, y seleccionadas en alguna de sus múltiples versiones nos ofrecen un rico panorama de personajes lejanos del estereotipo y la simplicidad a la que los seres mágicos suelen ser sometidos, especialmente cuando de literatura para niños se trata. Prólogos, notas aclaratorias, introducciones para cada relato, y fuentes bibliográficas dan cuenta de un complejo trabajo de investigación y selección.

Recomendado a partir de los 10 años.

Marcela Carranza es maestra y Licenciada en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Como miembro de CEDILIJ (Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil) participó en el programa de bibliotecas ambulantes "Bibliotecas a los Cuatro Vientos" y en el equipo Interdisciplinario de Evaluación y Selección de Libros. Actualmente se desempeña como docente de literatura infantil en la Escuela de Capacitación (CePA) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Fuente: Revista Imaginaria
http://www.imaginaria.com.ar/13/9/libros.htm



Silvina Ocampo, en: Cuentos completos II, Buenos Aires, Emecé, 1999.

Los sombreros se usan para precaverse del sol o del frío. Los campesinos no pueden prescindir de ellos; los alpinistas, tampoco. No son meros objetos frívolos, decorativos o ridículos. Se usan también o se usaron para saludar, para halagar, para molestar.

¿No conocen la historia del sombrero metamórfico?

Existió en el sur de Inglaterra, en 1890. Cuentan que era de terciopelo verde y tan apropiado para los hombres como para las mujeres. Una plumita engarzada en un anillo de nácar era su único adorno. Este sobrero apareció por primera vez en la casa de un señor inglés, a las ocho de la noche de un mes de marzo. Nadie reconoció ni reclamó el sombrero. Al día siguiente, cuando lo buscaron para examinarlo, no estaba en ningún rincón de la casa. Otra vez, apareció en la casa de un médico, a la misma hora. El médico, creyendo que era de la paciente que acababa de irse, lo guardó en su ropero, cosa que molestó a su mujer. La disputa duró hasta el alba, en que hablaron de divorcio. Otra vez provocó un duelo entre dos jóvenes, amantes de una misma señora. La aparición del sombrero, que llevaba de adorno un anillo, había provocado en ambos la sospecha de una activa infidelidad. El sombrero fue a dar al Támesis, pues no había forma de deshacerse de él; quien lo arrojó fue castigado con veinte latigazos. El sombrero se había oscurecido; algo humano tenía en el lado derecho del ala, sobre el ojo de quien lo probaba, dándole ganas de acariciarlo.

—No lo toquen, niños –exclamaban las personas mayores, cuando los jóvenes se lo probaban.

—Trae mala suerte. Habrá pertenecido a algún brujo o bruja, que se dedica a hacer malas jugadas. Entra en las casas sin que nadie lo lleve. Es un intruso. Los objetos son como las personas, malas o buenas. Este es malo.

—No es malo –le aseguró un niño a una niña–. Si me lo pongo, soy Juana de Arco, oigo voces.

—Y yo Enrique Octavo –dijo la niña, tratando de arrebatárselo.

Por increíble que parezca, la niña se parecía a Enrique Octavo.

Tanto y tanto hicieron que el sombrero fue a dar otra vez al Támesis, y el que lo rescató, un transeúnte cualquiera, se lo llevó a su casa. No lo guardó, le agregó unas florcitas de seda y lo llevó a la feria para venderlo, con un conjunto de blusa y falda.

En algún diario salió la noticia del sombrero. Adquirió una fama extraña; fue a dar a una sombrerería, que vendía sombreros masculinos y femeninos. Frente al desmesurado espejo del probador, ocurrían transformaciones mágicas. Durante esas transformaciones, el espejo perdía su claridad por un instante y se llenaba de raras líneas negras y sombras de animales. Probarse aquel sombrero bastaba para que un hombre se volviera mujer y una mujer hombre. Las madres de algunos niños no dejaban que sus hijos pasaran frente a la puerta de la sombrerería por miedo a que sufrieran una indebida metamorfosis. Muchas clientas ofrecían toda su fortuna con tal de comprar el sombrero, pero el precio estaba por encima de sus posibilidades; además, la moda ya había cambiado.

El sombrero seguía colocado en el escaparate más visible y lujoso de la casa. Se dijo que bastaba probarse una vez el sombrero para lograr la cura de una sinusitis, de una angina o de un glaucoma. También se dijo que curaba los males de amor; conseguía enamorar a quien se lo probara, si miraba en el espejo una fotografía del elegido. Estas curas resultaban costosas. El sombrero, de tan manoseado, no se desteñía ni se marchitaba. Dijeron los clientes que lo habían falsificado, con falso terciopelo, que ya no era de ese verde tan delicado, sino de un verdinegro que engañaba a los ojos.

—Tal vez se dedique a la maldad –dijeron ciertos malvados.

—Es un sombrero que se parece a las personas.

No sé si tuvieron razón, pero el mal se apoderó de los ánimos.

—Trae mala suerte, irradia veneno –dijo un sabio, no por maldad sino por sabiduría-. Hay que matarlo.

Lo mataron. ¿Cómo? Nunca se sabrá. Pero dicen que se agitó cuando le arrancaron el ala y que dio un imperceptible grito.

En el espejo quedó por un tiempo un reflejo verde, como el de algunas piedras.



Visto y leído en: Leer y escribir. Antología Cuadernos para el aula. - 1a ed. -
Buenos Aires: Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2007. (Formato pdf)
http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL002703.pdf

"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»



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